Colaboración: Stephen Hawkins y Guillermo del Toro

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Guillermo del Toro y Hawkins
Por Sergio Berrocal    

Confieso que ese mexicano, rechoncho como yo, con gafas como yo, con cara de hombre bueno como yo no tengo, y con cuatro Oscars por una sola película, “La forma del agua / The Shape of Water”, me ha cambiado algunos conceptos de andar por la vida. "De las cicatrices, del dolor y del trauma viene el oxígeno. Creo que parte de nuestra belleza es la cicatriz".

"Todos los personajes de La forma del agua están solos, menos los dos principales que se encuentran. Quise que ninguno de los dos tuviera palabras para que su entendimiento fuera con miradas y con el tacto. Ahí no se miente, con palabras sí".

Guillermo del Toro, que ha dicho esas dos frases entrecomilladas, anda por los cincuenta años de vida, que le han bastado para convertirse en uno de los cineastas más interesantes de ese cine que a veces sufrimos todos.

La película mágica, porque mágica es, que le ha encumbrado es un cuento bonito, el de un ser, digamos un enorme pez con apariencias humanas, que un científico malo, por supuesto norteamericano, pesca en un lugar perdido de Brasil, posiblemente Amazonía.

Como todos los norteamericanos aspira a la gloria nacional y se lleva a la extraña criatura de vuelta a casa.

Cuando empieza la película encontramos, adivinamos a la criatura en el interior de una piscina que le han fabricado sus captores en el seno de un laboratorio espacial o algo parecido. Su descubridor espera que cuando la criatura revele sus secretos, él, el humano generoso de haberlo pescado, conocerá la gloria y el himno nacional como en una final de la superbowl.

En ese laboratorio trabaja otra criatura, que no es pez, que no ha sido traída del Brasil, pero que desentona en todas partes. Este personaje esencial, sin el que no habría película, lo encarna la actriz Sally Hawkins, convertida en Elisa, una limpiadora más o menos eficaz y algo desaliñada, porque nadie nunca le ha dicho que era bella.

Cuando sabe lo del monstruo, como le llaman allí, Elisa decide salvarlo. Porque intuye, que va, está segura, de que es una criatura como ella misma prisionera de un mundo en el que no puede luchar. La criatura ha sido cargada de cadenas, porque siempre da miedo lo que no se conoce (aquí pueden ustedes poner a los emigrantes que vienen a Europa por oleadas en busca de una vida menos ingrata) y Elisa sabe que es injusto.

En Guadalajara, su ciudad natal, Guillermo del Toro, ha explicado este extremo: "Quería que Elisa fuera un personaje que descubriera su absoluta belleza conforme avanza la película: que tuviera una dimensión sexual, que fuera una persona común y al mismo tiempo extraordinaria. Y que no quisiera convertir a La Bestia en un príncipe aburrido. El amor no es cambio, es revelación. Un amor que quiere cambiar está destinado al fracaso. Lo bonito en esta película es que La Bestia se come al gato y luego hace el amor con La Bella. Lo bonito en las relaciones es que te comas al gato en cuanto antes para saber si en verdad te quieren".

Pero lo más interesante que ha dicho ha sido esto: "Desde chico encontré más compasión en los monstruos que en el santoral católico, y desde entonces son para mí una vitalidad creativa permanente. Hay gente que se encontró con Jesucristo, yo me encontré con Frankenstein".

Todos llevamos un monstruo dentro, al que hay que dominar y convertir en tu amigo, porque el ser humano tiene de todo menos bondad. Todos hemos tenido de niño héroes en libros o en películas.

El cineasta dice que su ídolo fue Frankenstein, porque no hay que ser necesariamente un héroe de capa y espada para ayudarnos a sacar la cabeza en un mundo flojo de bondad.

Ahora acaba de fallecer Stephen Hawkins, ese genio de la astrofísica que se ha pasado toda la vida o casi atado a una silla de ruedas desde donde hablaba a través de un complicado sistema de audio.

Hawkins nunca ha sido una belleza, era más bien feo y algunos casi podrían considerarle monstruito. Y, sin embargo, era un hombre bueno, un ser de conocimientos infinitos que, según quienes saben, ha evitado que nos muramos tontos sobre infinitas cosas del universo como los terroríficos agujeros negros.

Por la casualidad del periodismo, estuve con él hace un pilón de años en Oviedo, norte de España, donde le concedían el premio Príncipe de Asturias, un pasito antes del Nobel, tan desacreditado ya.

Confieso que mirábamos, todos, a Stephen Hawkins con cierto recelo porque el rostro del pobre no daba para más. Empecé a verlo diferente cuando aquel día, a la hora del almuerzo, le encontré en el restaurante del hotel. Sus manillas que tan bien se metían en los agujeros negros, eran incapaces de llevarse la cuchara a la boca. Le daba de comer una mujer joven y de apariencia muy agradable. Nos dijeron que era su esposa. La bella y la bestia, pensaron los más despiadados de nosotros.

Por la noche le acompañamos a la entrega de los premios. El científico iba por la calle con su carrito electrónico y nosotros a su lado a ver si podíamos sacarle alguna gracia, sí, así es de cruel la vida.

En un momento dado, me pareció que sus ojillos reían y, de pronto, su silla salió casi volando. Había apretado el acelerador y tuvimos que correr, afortunadamente el trayecto era corto, para alcanzarlo.

Aquella noche comprendí, aunque entenderlo me ha llevado hasta hoy, que la deformidad puede ser una cualidad.

Como el monstruo de Guillermo del Toro.

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